La buena noticia es que existen varias prácticas sencillas que ayudan a disminuir la frecuencia de los calambres nocturnos:
- Estiramientos antes de dormir: realizar movimientos suaves para pantorrillas, muslos y pies ayuda a relajar los músculos y mejora la flexibilidad.
- Masaje muscular: masajear con firmeza la zona afectada favorece la circulación y alivia la tensión acumulada durante el día.
- Aplicación de calor o frío: una compresa tibia o una almohadilla eléctrica relaja los músculos contraídos, mientras que el hielo puede reducir la inflamación si la zona quedó adolorida.
- Hidratación constante: beber agua a lo largo del día y no solo cuando se siente sed es clave para mantener el equilibrio hídrico.
- Alimentación balanceada: incluir alimentos ricos en potasio (plátano, papa), magnesio (frutos secos, espinaca) y calcio (lácteos, sardinas).
- Ejercicio moderado: caminar, nadar o hacer bicicleta mejora la circulación y fortalece la musculatura de las piernas.
Hábitos que conviene evitar
Algunas conductas cotidianas pueden aumentar el riesgo de sufrir calambres. El consumo excesivo de alcohol y cafeína favorece la deshidratación y la pérdida de minerales. El tabaquismo, por su parte, afecta la circulación sanguínea. También conviene evitar permanecer muchas horas de pie o sentado sin cambiar de postura, así como el uso de calzado inadecuado que fuerce la musculatura de las piernas.
Qué hacer durante un episodio agudo
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