Volví a la hora de siempre. Ethan estaba en la cocina, sonriente, ligero, treinta años más joven que yo y aparentemente enamorado.
—¿Cómo estuvo el día de mi pequeña esposa? —me besó en la mejilla.
Por primera vez, su contacto me provocó un escalofrío. Le dije que estaba cansada. Él, servicial como siempre, ofreció prepararme la bebida un poco antes esa noche. Sonreí y acepté.
Durante los días siguientes actué como si nada hubiese cambiado, pero no volví a beber lo que él me llevaba. Guardaba junto a la cama una botella idéntica de agua y, cuando salía de la habitación, vaciaba el vaso en un recipiente oculto y lo rellenaba.
El abogado, el testamento y las preguntas incómodas
Llamé al señor Harris, mi abogado de confianza, quien conocía mi patrimonio desde los tiempos de mi primer esposo. Su primera pregunta fue directa:
—Lilian, ¿Ethan tiene acceso a sus cuentas?
Solo a una cuenta común, para gastos del hogar. No tenía poder notarial. Pero cuando me preguntó si figuraba en el testamento, guardé silencio. Un año antes lo había incluido. Él nunca me lo había pedido de forma directa. O eso creía yo, hasta que recordé aquella conversación en la terraza, cuando me dijo que, si algo me sucediera, mi familia probablemente lo echaría de la casa donde habíamos construido tantos recuerdos. En ese momento me pareció vulnerable. Ahora sonaba distinto. Muy distinto.
El abogado me aconsejó no confrontarlo y modificar de inmediato los documentos que estaba en mi derecho cambiar. Así lo hice.
Buscar en mi propia casa
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