La puerta se abrió lentamente con un crujido, como si incluso las bisagras dudaran en revelar lo que aguardaba dentro de aquella silenciosa casa en Denver.
Y lo que vio no se parecía en nada a lo que había imaginado durante aquellas largas noches de insomnio llenas de miedo e interrogantes.
La sala de estar estaba completamente vacía, desprovista de todo rastro de la vida que alguna vez compartieron.
No había sofá donde solían sentarse después de cenar, ni mesa cubierta de dibujos y facturas, ni fotos que demostraran que alguna vez fueron una familia.
Sentía como si alguien hubiera borrado toda su existencia poco a poco, dejando tras de sí solo un vacío y débiles ecos.
Sintió una opresión dolorosa en el pecho mientras la confusión y el pavor se entrelazaban en su interior.
—¿Qué se supone que significa esto? —susurró, con la voz temblorosa antes de poder controlarla.
Una voz tranquila provino de detrás de ella, firme y controlada.
—Pasa —dijo la mujer.
Se giró rápidamente y acercó a sus hijos a su costado, protegiéndolos instintivamente de lo que fuera que se había convertido la situación.
Era la misma mujer que había visto antes, inmóvil y con una postura serena, pero algo en su expresión había cambiado por completo.
La fría superioridad y el silencioso desprecio habían desaparecido, reemplazados por algo más pesado y arraigado, casi humano.
Sus hijos se aferraban con fuerza a su ropa, sus manitas temblaban mientras se acercaban más.
—Mamá, tengo miedo ahora mismo —susurró su hijo, con la voz apenas audible.
—Lo sé, estoy aquí contigo, no dejaré que pase nada —respondió, aunque le temblaban las manos.
Entró lentamente, y cada paso resonaba con fuerza en la casa vacía, como si las paredes mismas escucharan.
El silencio los envolvía de tal manera que cada respiración parecía más fuerte de lo normal.
—¿Dónde está ahora mismo? —preguntó, con la voz seca y tensa por todo lo que había estado conteniendo.
Hubo una breve pausa antes de que la mujer respondiera.
“No va a volver.”
Un escalofrío intenso se extendió por todo su cuerpo, haciendo que, sin darse cuenta, abrazara con más fuerza a sus hijos.
—¿Cómo que no va a volver? —preguntó, con la voz cargada de pánico.
La mujer respiró hondo, eligiendo cuidadosamente sus palabras antes de volver a hablar.
“Se ha ido, pero no de la forma en que lo estás pensando ahora mismo.”
—Deja de hablar así y explícate con claridad —espetó, perdiendo la paciencia por el miedo y el agotamiento.