Por un segundo, nadie se mueve.
Mercedes golpea la baldosa con un sonido que se siente en los dientes, el rosario se desliza sobre la cerámica azul y blanca, sus perlas chasquean con fuerza contra su garganta. Una de las cuentas de su pulsera rueda hasta el pie de la fuente y se desvanece en un charco de luz. Tomás se levanta tan rápido que su silla se inclina hacia atrás, pero no corre hacia ella primero. Mira las tazas de café.
Entonces te mira.
Ese es el momento en que muere la última de tus dudas.
No porque diga algo, no porque confiese, no porque los cielos se abran y te entreguen la certeza envuelta en justicia. Muere porque un hijo que ve a su madre desplomarse corre hacia ella con pánico en el rostro. Tomás mira fijamente la mesa como un hombre al que se le acaban de arruinar sus cuidadosos cálculos.
—Tú… —dice, y se detiene.
Sientes cómo el patio se estrecha a tu alrededor.
El jazmín, el pan tostado, las campanas de Santa Ana, el pálido e inofensivo sol matutino sobre Triana: todo se torna nítido y falso, como un paisaje pintado sobre la podredumbre. Mercedes araña el aire una vez, sus dedos se curvan hacia la nada, y entonces Tomás cae de rodillas a su lado y empieza a gritar pidiendo ayuda. Pronuncia su nombre demasiado alto. Llama a la criada. Grita que algo le pasa al corazón.
Nunca le pregunta qué bebió.
La criada, Inés, sale corriendo de la cocina trasera con las manos aún cubiertas de harina. Se queda paralizada al ver a Mercedes en el suelo y luego se abalanza sobre la anciana, santiguándose tan rápido que apenas se percibe el movimiento. Tomás ya está dando órdenes a gritos, diciéndole que llame a una ambulancia, que traiga una toalla, que abra la puerta principal. Su voz es ahora autoritaria, pulida y urgente, la voz de un hombre que ya se está formando una versión de los hechos.
Tú también te arrodillas, pero no al lado de Mercedes.
Te arrodillas junto a la taza rota.
El café se ha extendido formando una oscura media luna sobre las baldosas, filtrándose por las juntas como tinta. El olor es apenas perceptible entre el caos, pero aún está ahí si te acercas lo suficiente. Almendras amargas. Dulzura rancia. Una advertencia disfrazada de consuelo.
Cuando Tomás te ve mirándolo, algo se refleja en su rostro.
No es duelo.
Es furia.
—No toques eso —espetó.
La fuerza de su voz te golpea más que si te hubiera agarrado del brazo. Inés lo mira a él y a ti, confundida, asustada, aferrándose a la toalla contra su pecho. Mercedes emite un horrible sonido húmedo en su garganta, y sus párpados tiemblan como si intentara recuperar la consciencia y encontrara el camino bloqueado. Te levantas lentamente, con las rodillas temblorosas, y das un paso atrás del café derramado.
No hablas porque comprendes, con una frialdad que te infunde serenidad, que tus primeras palabras importarán.
La ambulancia llega rápido para los estándares de Triana, pero lento para los estándares del miedo. Dos paramédicos con uniformes azul marino inundan el patio con preguntas y equipo. Colocan a Mercedes en una camilla, le ponen oxígeno en la cara, le ponen vías intravenosas, le revisan las pupilas, le preguntan qué ha comido, si tiene alergias y si toma medicamentos. Tomás responde con demasiada suavidad y rapidez, relatando un historial de nervios, presión arterial alta y estrés, y diciendo que su madre siempre ha sido dramática por las mañanas.
Observas cómo el paramédico más joven mira los fragmentos del vaso.
Luego a ti.