Nathan Cole creía que el amor era temporal: algo útil… hasta el día en que llegaba el éxito.
Cuando se casó con Zariah, no tenía ni un céntimo. Era ambicioso, ansiaba el éxito y vivía solo de sueños, sueños que ella ayudaba a mantener vivos. Trabajaba la tierra, les quitaba ropa a los vecinos, cocinaba con casi nada y respiraba esperanza en cada noche agotadora.
“Un día”, le dijo, con las manos en la tierra, “tus ideas nutrirán a la gente como esta tierra nos nutre a nosotros”.
Y por un tiempo… él le creyó.
Entonces los inversores empezaron a llamar, y Nathan cambió. La ciudad brillaba más que su voz. Los contratos importaban más que las cosechas. Y la mujer que lo había llevado en brazos cuando no era nada terminó haciéndolo sentir como un ancla.
Su última discusión destruyó todo.