No había visto a Ryan en casi veinte años.
En la preparatoria, él era la razón por la que me daba miedo entrar en ese edificio. La razón por la que almorzaba en la biblioteca, fingiendo estudiar mientras se me revolvía el estómago. La razón por la que aprendí a sonreír cuando quería desaparecer.
Ryan no era solo “malo”. Era estratégico. Discretamente cruel. El tipo de chico que podía humillarte con una sola frase y aun así parecer inocente cuando pasaba un profesor. Nunca alzaba la voz, nunca me empujaba contra las taquillas. No hacía falta. Sus palabras eran más duras que los puños.
Así que cuando me lo encontré en una cafetería a las 32, casi me doy la vuelta y me voy.
Pero dijo mi nombre como si importara.
Y luego se disculpó.
No del tipo perezoso de “lo siento si te sentiste así”. El tipo sincero. Lo admitió todo. Sin excusas. Sin bromas. Incluso le temblaba la voz.
“Me porté fatal contigo”, dijo. “Pienso en ello todo el tiempo. Llevo años queriendo enmendarlo”.