El día del divorcio llegó como una tormenta silenciosa.
Barcelona, 9:30 h. Afuera del juzgado, Cristina Montalvo se ajustaba el cinturón de seguridad sobre su vientre de ocho meses de embarazo, mirando a través del parabrisas empapado por la lluvia. Las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas que se negaba a derramar.
Este no era un día para llorar.
Ese fue el día en que recuperó su dignidad, aunque nadie más lo entendiera todavía.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto sola? —preguntó su madre, agarrando con fuerza el volante.
La voz de Cristina era tranquila, demasiado tranquila para alguien que estaba a punto de divorciarse de su marido.
“Nunca he estado más seguro de nada.”
Pero algo había cambiado en ella.
Ya no era aquella mujer confiada que creía en un amor sin límites.
Ahora era otra persona.
Alguien que tenía un plan.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de su abogada: Todo está listo. Confía en mí.
Cristina sonrió levemente.
Confianza.
Qué palabra tan extraña ahora.
Los recuerdos la invadieron: las mentiras, las excusas nocturnas, los recibos de un apartamento secreto y, finalmente, aquel día en que vio a Ruth salir de allí, ajustándose la blusa como si fuera dueña de todo lo que Cristina había construido.
Incluido su marido.
Unos golpes en la ventana la hicieron retroceder.
Damian estaba allí de pie, con un traje impecable y esa sonrisa segura y ensayada.
A su lado, Ruth lucía elegante y sofisticada, su presencia se hacía notar sin necesidad de pronunciar palabra.
—¿Nos vamos? —preguntó Damián.