Se suele decir que uno nunca olvida su primera experiencia profundamente personal. La mía, sin embargo, está marcada por el miedo y el caos, más que por la alegría. En lugar de sentir emoción o nerviosismo, recuerdo las lágrimas corriendo por mi rostro mientras una amiga cercana me sostenía la mano y el personal médico trabajaba con urgencia a mi alrededor. Lo que debería haber sido un momento íntimo se convirtió en una aterradora sucesión de acontecimientos: una escena de pánico en el baño, horas de exámenes en el hospital y recuerdos que perduran mucho más allá de la recuperación física.
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