Adrián y Ana se sentaron juntos, mirando hacia las distantes colinas. Ana susurró, “Nunca pensé que alguien entendería mis flores tan profundamente.” Adrián sonrió. “Y yo nunca pensé que alguien podría llenar mi silencio tan completamente.”
Se rieron.
Las estrellas aparecieron por encima, atestiguando una promesa silenciosa.
Y esa noche, después de años, Adrián finalmente dijo, “Creo que ahora puedo dormir verdaderamente.”
Ana respondió suavemente, “Porque ya no estás solo.”
Un cartel colgaba en la ventana de la panadería: “Cempasúchil—donde toda dulzura proviene de la verdad.”
La gente dice que los dulces allí saben diferentes—quizás porque cada bocado contiene un poco de perdón, un poco de esperanza y un gran amor.
Y allí, en ese tranquilo pueblo en la colina, Adrián y Ana demostraron que a veces, la flor más simple es suficiente para despertar incluso el corazón más rico.