Los vecinos comenzaron a notar sus recorridos extraños. Los rumores se multiplicaron y varias personas llamaron a la policía, alarmadas por lo que podría estar ocurriendo dentro de la nave abandonada. Cuando los agentes llegaron a inspeccionar, Lidia se plantó frente al portón y se negó rotundamente a dejarlos entrar.
Desde el interior se oyó un golpe sordo y luego un ruido rápido, como de movimiento. La mujer palideció y aferró aún más fuerte el cerrojo. Un policía apartó su mano con delicadeza, otro apuntó su linterna hacia la abertura. Cuando el cerrojo cedió y las puertas oxidadas se abrieron entre chirridos, los agentes dieron unos pasos hacia la oscuridad… y quedaron sin palabras.
Lo que había dentro de la nave
Las linternas iluminaron decenas de ojos brillando en la penumbra. No eran personas. Eran perros. Muchísimos perros. Algunos flacos, otros heridos, varios ancianos que apenas podían mantenerse en pie. Entre ellos se movían también gatos y, en un rincón, dos pequeños ciervos asustados que alguien había rescatado tiempo atrás.
Ninguno mostraba agresividad. Al ver entrar a Lidia, todos empezaron a mover la cola y a acercarse a ella.
—Señora… ¿desde cuándo están aquí? —preguntó uno de los policías, bajando la linterna.
—Desde hace casi tres años —respondió ella, secándose los ojos.
Ovidiu comprendió al fin: toda esa carne era para los animales. Lidia les contó que, después de la muerte de su hijo, no había podido soportar ver animales abandonados. Empezó con dos perros. Luego fueron cinco, diez, y siguieron llegando más.
Un refugio hecho con amor y chatarra
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