Ella pidió ver a su hija antes de morir… y lo que la niña le susurró cambió su destino para siempre.

—Sí. Dos veces. Una vez vino cuando no estabas, y papá lo dejó entrar al estudio. Le traje agua. Llevaba un reloj grande de oro con la cabeza de una serpiente —dijo, tocándose la muñeca—. Y olía fuerte, como a cigarrillos y colonia. Papá se asustó cuando vino. Lo supe porque después siempre gritaba aún más.

El coronel Méndez, desde la puerta, dejó de respirar con normalidad.

No se movió.

No dijo nada.

Pero algo en la forma en que la chica hablaba —sin dramatismo, sin buscar llamar la atención, con la cruda claridad de alguien que conserva una imagen durante años— hizo que la vieja incomodidad en su pecho se transformara en algo distinto.

Alarma.

Ramira se inclinó aún más.

—¿Escuchaste algún nombre?

Salomé cerró los ojos por un instante, concentrándose.

—Papá lo llamó una vez “el abogado Becerra”. Y esa noche… mientras me escondía, lo oí decir: “Ya te dije que no iba a firmar”. Luego se oyó un golpe… y después otro.

Ramira sintió que su cuerpo se desplomaba hacia un lado.

Señor Becerra.

El abogado de negocios de Esteban.

Socio externo.
Visitante frecuente.
Hombre elegante.
Amigo de cena.
Uno de los que testificaron bajo juramento que Esteban y Ramira tenían serios problemas económicos y que temía por su seguridad en la casa.

Ramira nunca confió en él.

Pero él tampoco pudo demostrar nada.

Méndez abrió la puerta por completo.

La trabajadora social levantó la vista, sobresaltada.
—Coronel, la visita está a punto de terminar…

—Cállate un momento —dijo, sin apartar la vista de la niña.

Entró en la habitación con pasos lentos.

Ramira se tensó de inmediato, cubriendo instintivamente a Salomé con su cuerpo.

Méndez se detuvo a dos metros de distancia.

—Niña —dijo con una voz más suave de lo que cualquiera hubiera imaginado en él—. Lo que acabas de decir… ¿se lo has contado a alguien más?

Salomé lo miró sin miedo.

—A la tía Clara. Pero ella dijo que lo había soñado porque era pequeña. Luego me mandó a hablar con una señora, y después de eso ya no quise decir nada más.

—¿Un psicólogo? —preguntó Méndez.

—No lo sé. Tenía una libreta amarilla y me daba caramelos si dejaba de repetir lo del reloj.

Eso fue suficiente.

Méndez volvió la mirada hacia el guardia más joven, que seguía de pie junto a la puerta, sin comprender del todo lo que estaba sucediendo.

—Nadie debe tocar al recluso Fuentes. Se suspenden todos los procedimientos finales hasta nuevo aviso.

El guardia abrió los ojos.

—Pero, coronel, la sentencia…

—El director de la prisión la suspende cuando surgen nuevos elementos que comprometen la integridad del proceso —interrumpió Méndez—. ¿O prefiere que lo cite textualmente del reglamento?

—No, señor.

—Entonces muévelo.

El guardia prácticamente salió corriendo.
La trabajadora social se puso de pie.

—Yo… tengo que informar de esto…

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