Allí estaba, sobre las frías baldosas del baño, completamente fuera de lugar: silenciosa, extraña y ligeramente inquietante.
Mi novia y yo nos quedamos mirándola fijamente mucho más tiempo del debido, incapaces de explicar por qué esa pequeña y amorfa masa resultaba tan inquietante. Parecía una masa orgánica y húmeda, del tipo que no encajaba en un baño limpio y moderno. Cuanto más la mirábamos, menos sentido tenía.
Repasamos todas las explicaciones posibles, cada una más inquietante que la anterior. ¿Un parásito? ¿Algún tipo de moho extraño? ¿Algo que se hubiera caído de las paredes? Cuanto más especulábamos, más nos parecía que el baño era un lugar donde algo había salido mal en silencio.
Aunque nos susurrábamos de un lado a otro, una parte de nosotros sabía que estábamos exagerando, pero la inquietud no desapareció.

Dos adultos, completamente desconcertados por una mancha irreconocible en el suelo. Fue un extraño recordatorio de lo frágil que puede ser nuestra percepción de la normalidad cuando algo desconocido aparece en un lugar que creemos conocer.
Seguíamos dándole vueltas, sin saber si era inofensivo o algo preocupante. Mi novia expresó su inquietud por posibles toxinas o daños ocultos. Intenté tranquilizarla, aunque yo también me sentía igual de inquieto. El verdadero problema era la incertidumbre: nuestra imaginación llenaba cualquier vacío con algo peor.