Entendí que, allí mismo, delante de todos… quería humillarme.
Así que me di la vuelta y caminé hacia la salida del cementerio.
Detrás de mí, oí murmullos.
Frases como “pobre mujer” y “qué horrible” me perseguían.
Pero ninguno de ellos importaba.
Porque al pasar junto a Diego, me detuve un instante.
Le ajusté el abrigo como si estuviera arreglando algo.
Y deslizó el pequeño dispositivo más profundamente en su bolsillo.
No se dio cuenta.
Pero lo hice.
El leve clic.
Al salir por las puertas del cementerio, mi teléfono vibró.
La señal estaba activa.
Ese pequeño movimiento…
lo revelaría todo.
No regresé a casa.
No pude.
Ya no era mío.
En cambio, me senté en un café tranquilo cerca de la estación de Buenavista, mirando mi teléfono.
La vibración no fue aleatoria.
Dentro del abrigo de Diego había un rastreador.
Eduardo la había usado durante sus viajes de negocios.
La tomé esa mañana sin pensarlo demasiado.
Porque en el fondo…
Sabía que algo no andaba bien.
La aplicación mostraba movimiento.
Desde el cementerio…
al centro de la ciudad.
Él no estaba de luto.
Él seguía avanzando.
Recordé algo.
La oficina de Eduardo.
La caja fuerte escondida detrás del cuadro.
Y algo más…
Semanas antes de morir, me había dado la contraseña de su correo electrónico.
Y un número.
Una caja de seguridad.