Un lugar donde las mujeres podían caminar quebrantadas… y escuchar las palabras:
“Ya estás a salvo.”
Algunas noches, todavía me siento en silencio y la recuerdo.
Su risa. Su esperanza. La forma en que decía: “Estoy bien”, cuando no lo estaba.
Todavía duele.
Pero ahora hay algo más.
Un incendio.
Porque mi hija no solo me dejó una herencia.
Ella me dejó un propósito.
Y una verdad que jamás olvidaré:
El silencio no protege.
El silencio destruye.
Y alzar la voz, aunque sea con voz temblorosa, puede salvar una vida.