No había peligro, nada grave. Aun así, la experiencia me marcó.
Limpiamos los azulejos a fondo, abrimos las ventanas y, finalmente, nos reímos de lo nerviosos que habíamos estado. Pero algo de aquel momento se quedó grabado en nuestra memoria. Fue un recordatorio de lo fácil que lo desconocido puede minar nuestra confianza.
Ahora, cada vez que entro en ese baño, me sorprendo mirando al suelo sin pensarlo. No porque espere ver algo extraño, sino porque una vez que algo ordinario te sobresalta, nunca vuelve a ser igual.