¿Qué objeto físico, aparentemente insignificante pero devastador, sacó el abogado de una caja fuerte en ese momento, demostrando sin lugar a dudas que el hombre en la habitación no era Julian Thorne, sino un asesino buscado por el FBI?
PARTE 2: LA VOZ DESDE LA TUMBA
La sala quedó en un silencio sepulcral. Julian, o mejor dicho, Caleb, palideció. Su mano, que acariciaba la espalda de Sienna, se congeló. En la pantalla, Isabella continuó hablando con una calma que helaba la sangre.
—Sé quién eres, Caleb. Sé lo que le hiciste al verdadero Julian en ese viaje de senderismo hace ocho años. Y sé que planeaste mi “accidente”.
El abogado, con guantes blancos, sacó de la caja fuerte una pequeña bolsa de evidencia sellada. Dentro había un reloj antiguo, un Patek Philippe con una inscripción grabada. —Este reloj —explicó el abogado— fue encontrado por Isabella en el fondo de tu caja de pesca, Caleb. Pertenece al verdadero Julian Thorne. Tiene restos de sangre seca en la correa. Isabella mandó analizar esa sangre en secreto. Coincide con el ADN de la madre del verdadero Julian, a quien localizó en un asilo en Ohio.
En la pantalla, Isabella mostraba los resultados del laboratorio. —No solo eres un ladrón de identidad, Caleb. Eres un asesino. Y Sienna es tu cómplice.
Caleb intentó levantarse, gritando que todo era un montaje, una falsificación hecha por una mujer hormonal y paranoica. Pero Arthur Vance se puso de pie, bloqueando la salida con su imponente presencia. —Siéntate —ordenó Arthur con voz de trueno—. Aún no ha terminado.
El video continuó. Isabella narraba cómo había contratado a un investigador privado, un ex agente del FBI llamado Raymond, para seguir a Caleb y Sienna. Mostró fotos de sus reuniones secretas, no solo en hoteles, sino en tiendas de repuestos de automóviles, comprando las piezas exactas necesarias para sabotear los frenos de su coche.
—Sabía que intentarías matarme antes de que naciera el bebé —dijo Isabella en el video, acariciando su vientre—. Sabía que necesitabas mi dinero, pero no a mí. Así que me aseguré de que, si moría, la verdad no muriera conmigo.
Caleb miró a Sienna, buscando apoyo, pero la “dama de rojo” estaba temblando, dándose cuenta de que su boleto a la riqueza se había convertido en una sentencia de prisión. —Yo no sabía nada de esto —balbuceó Sienna, intentando alejarse de él. —¡Mientes! —gritó Caleb, perdiendo su compostura—. ¡Tú me diste la idea de los frenos!
La confesión resonó en la sala. Caleb se tapó la boca, dándose cuenta de su error fatal. Había caído en la trampa psicológica que Isabella le había tendido desde el más allá.
El abogado detuvo el video y miró a Caleb con desprecio. —Gracias por la confirmación, señor Reed. La policía ha estado escuchando todo esto desde la habitación contigua.
Las puertas laterales se abrieron. El detective Holloway, acompañado por dos oficiales uniformados, entró en la sala. Caleb intentó correr hacia la ventana, pero Arthur lo placó con una fuerza nacida del dolor de un padre. —¡No tocarás nada más en esta casa! —rugió Arthur.
Mientras esposaban a Caleb y a Sienna, el abogado retomó la palabra. —Aún queda la lectura del testamento, señor Reed. Isabella fue muy específica sobre lo que le corresponde.
Caleb, con el rostro presionado contra la alfombra, escuchó la última voluntad de la esposa a la que asesinó. —”A mi esposo, Caleb Reed, le lego la suma de un dólar. Un dólar por cada mentira que me dijo. El resto de mi patrimonio, valorado en 120 millones de dólares, pasará inmediatamente a la Fundación Isabella Vance, dedicada a ayudar a víctimas de fraude matrimonial y violencia doméstica. Mi padre, Arthur, será el albacea. Y en cuanto a mi hijo no nacido… si sobrevive, herederá todo. Si no… su memoria servirá para destruir a los monstruos como tú.”
Sarah, la amiga de Isabella, se acercó a Caleb mientras se lo llevaban. —Ella sabía que no sobreviviría —susurró Sarah—. Pero se aseguró de que tú tampoco lo hicieras.