En menos de una hora, todo estaba en marcha.
Acceso revocado.
Códigos cambiados.
Cuentas bloqueadas.
Pruebas aseguradas.
Al mediodía llegaron los de la mudanza.
Silencioso. Eficiente.
Lo quitaron todo:
muebles,
decoración,
obras de arte.
Incluso las piezas que Adrián había mostrado con orgullo en internet la noche anterior.
No dejé nada atrás.
Si quería jugar a las casitas, se enfrentaría a la realidad.
Mientras seguía revisando sus mensajes, encontré algo peor.
Ya les había dicho a sus familiares que la casa era suya.
A su hermana:
“Elige la habitación que quieras. Vale se adaptará”.
A su madre:
“Todo está bajo control. Nos instalaremos cuando lleguemos”.
Bajo control.
Para él, yo no era su socio.
Yo era un obstáculo.
Llegaron a las 4:19 de la tarde.
Adrián salió primero, seguro de sí mismo.
Luego su madre, ya evaluando el lugar.
Su padre.
Y Mariana, arrastrando maletas.
Se acercaron como si fueran los dueños.
Introdujo el código.
Nada.
Lo intenté de nuevo.
Cerrado.
—¿Adrián? —preguntó su madre.
Abrí la puerta un poco.
Lo justo.
En el interior, vacío.
Sin muebles.
Sin decoración.
Sin calidez.
Solo silencio.
Y un sobre en la pared con su nombre.
Se congelaron.
—¿Qué es esto? —espetó.
—La realidad —dije con calma.