Culpa, tal vez.
O vergüenza.
Ese mismo día, desde su oficina con vista a la ciudad, Antonio llamó por el intercomunicador.
—Que suba Julieta Ramírez.
La recepcionista titubeó.
—Señor… Julieta trabaja en limpieza.
—Ya sé dónde trabaja. Que suba.
Diez minutos después, Julieta entró con sus guantes colgando del delantal, los ojos atentos, el cuerpo tenso. Se quedó junto a la puerta como si aquel despacho pudiera tragársela.
—¿Me llamó, señor?
—Te vi esta mañana.
Julieta bajó la mirada.
—Iba al trabajo.
—Le estabas llevando café a esa mujer.
Silencio.
—¿Quién es?
—Nadie —respondió Julieta, con voz baja—. Solo alguien que lo necesita.
—¿Todos los días?
Julieta asintió.
—¿Por qué?
Julieta levantó la vista. Había algo en sus ojos que no era rebeldía… era miedo, y cansancio, y una tristeza que no cabía en una sola palabra.
—Porque puedo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Antonio dio un paso, pero se detuvo al ver el brillo en los ojos de Julieta. No lloraba. No le iba a dar ese gusto a nadie, ni a él.
—No me obligue a hablar de eso —pidió, casi susurrando.
Y entonces pasó algo que desconcertó a Antonio: sintió el pecho apretado.
Compasión.
La misma emoción que su vida había ido enterrando entre juntas, números y firmas.
—Está bien —dijo por fin—. Vuelve a tu trabajo.
Julieta no esperó. Salió rápido, como si el aire ahí adentro le faltara.
Antonio se quedó mirando la puerta cerrada, con una certeza incómoda: había un secreto… y dolía.
A la mañana siguiente llegó aún más temprano. La Alameda estaba casi vacía. Vio a Julieta sentarse junto a la mujer mayor. Esta vez hablaron más. Julieta tocó el hombro de la mujer como quien toca algo sagrado. Luego sacó un sobre blanco de su bolsa y se lo entregó.
Cuando Julieta se fue, Antonio cruzó otra vez. La mujer se guardó el sobre bajo la ropa, con reflejo rápido.
—Otra vez usted —dijo, sin emoción.
Antonio se sentó a su lado.
—¿Cómo se llama?
La mujer dudó.
—Doña Lupita. Guadalupe Hernández —escupió el nombre como si fuera un arma.
—¿Guadalupe…? —Antonio repitió, y algo se le movió en la memoria, como una puerta que rechina.
Doña Lupita lo miró.
—¿Ya? ¿Eso quería? ¿Un nombre para ponerme en un expediente?
Antonio tragó.
—Yo… quiero entender.
Doña Lupita lo estudió con una calma que daba miedo.