Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Dentro de la caja había un collar de oro con un colgante en forma de lágrima.

Fue hermoso.

Demasiado bonito para lo que podíamos permitirnos.

—Póntelo —dijo—. Quiero verte con él puesto.

No fue lo que dijo.

Fue la forma en que lo dijo.

No es romántico.

Urgente.

—Lo intentaré más tarde —respondí.

Su sonrisa se tensó. —No tardes demasiado.

Cuando él se fue al dormitorio, yo me quedé en la cocina, mirando el collar como si tuviera vida propia.

Entonces me acordé de la anciana.

Sintiendo una tontería, llené un vaso de agua y metí el collar dentro.

Esa noche no pude dormir.

A las seis de la mañana, un olor extraño me despertó: metálico, agrio, como a monedas mojadas.

Entré descalzo a la cocina… y me quedé congelado.

El agua ya no estaba clara.

Se había vuelto espeso y verdoso.

El colgante se había partido.

En el fondo del vaso había un polvo gris… y una tira de metal doblada.

Me temblaban las manos al abrirlo.

Era una copia en miniatura de mi póliza de seguro de vida.

Mi nombre.
Mi firma.
El monto del pago.

Y con la letra de Mauricio, cuatro palabras que me dejaron sin aliento:

“Mañana por la noche.”

En ese preciso instante, oí sus pasos acercándose por el pasillo.

Y yo sabía que lo peor aún no había comenzado.

PARTE 2
No grité.

No lloré.

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