Le puse un laxante al café de mi marido antes de que saliera a ver a su amante… pero lo que pasó después fue peor de lo que imaginaba.

Se lo entregué.

—Una pequeña sorpresa —dije, sonriendo con calma.

Lo observé beber.

Un sorbo.
Dos.
Tres.

Lo terminó sin dudarlo.

Eso me dolió más de lo que esperaba… hacía mucho tiempo que no se apresuraba con nada de lo que le daba.

—¿Adónde vas vestida así y oliendo de esa manera? —pregunté, apoyándome despreocupadamente en el marco.

—Reunión —dijo, agarrando las llaves—. Una importante. Estrategia… proyecciones… sinergia.

Soltaba esas palabras como si tuvieran algún significado.

“¿Sinergia con el encaje?”, murmuré.

Pero él ya se había ido.

La puerta se cerró.

Silencio.

Miré el reloj.

Un minuto.
Dos.
Cinco.

Me senté a la mesa, esperando.

Pasaron diez minutos.

Y luego…

Momento perfecto.

“¡MALDITA SEA!”, se oyó un grito desde fuera.

Sonreí.

Salí al porche con mi expresión más inocente.

Allí estaba, encorvado junto al coche, agarrándose el estómago como si estuviera a punto de traicionarlo en cualquier momento.

Se tambaleó hacia la casa.

—¿Qué me has dado? —gritó—. ¡No voy a llegar al baño!

Me llevé una mano al pecho, fingiendo preocupación.

“Cariño… ¿estás nervioso?”

Se quedó paralizado, pálido.

“¡¿Nervioso?!”

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