Entregué las pruebas antes de que Daniel llegara. Los investigadores echaron un vistazo a los documentos y dejaron de considerar el incendio como un accidente. Eli les contó todo: la parálisis fingida, la historia ensayada, la vida de fachada.
Y entonces llegó la verdad que lo cambió todo:
Una de las mujeres no había desaparecido.
Ella había sobrevivido.
Por la mañana, la encontraron.
El resto siguió: confesiones, acusaciones, juicio.
Daniel fue declarado culpable.
Me divorcié de él antes de que empezara.
Eli decidió quedarse conmigo.
Un año después, en una casita sin verjas, lo vi bajar en bicicleta por la calle —libre, por fin— y me senté en los escalones, llorando en silencio.
Daniel pensó que me había dejado sola con un niño indefenso.