PARTE 2
La jueza volvió a mirar la identificación, luego el expediente que la secretaria le había acercado con manos visiblemente tensas.
—¿Valeria… Valeria de la Torre Villaseñor? —preguntó, levantando la vista.
El apellido cayó en la sala como una piedra en agua quieta.
Alejandro frunció el ceño.
Rebeca parpadeó una vez.
Mariana dejó de sonreír.
Yo no dije nada.
La jueza se aclaró la garganta y cambió por completo el tono.
—Señora de la Torre, no sabíamos que usted venía personalmente. Su representante legal había informado que el asunto patrimonial relacionado con la empresa Grupo Villaseñor de Infraestructura quedaría separado de este procedimiento.
Rebeca giró la cabeza hacia mí con una lentitud casi mecánica.
—¿Qué… qué dijo?
Por primera vez en tres años, la vi descompuesta.
No indignada.
No altiva.
No superior.
Asustada.
Alejandro soltó una risa breve, nerviosa.
—Perdón, debe haber una confusión. Valeria no trabaja en ninguna empresa. Ella… ella hacía voluntariado, organizaba eventos benéficos, cosas así.
La jueza lo miró apenas dos segundos, como quien ya sabe quién merece atención y quién no.
—Señor Salazar, le sugiero que no interrumpa.
Entonces volteó otra vez hacia mí.
—Su abogado está en camino, señora. Podemos esperar unos minutos antes de continuar.
Rebeca dio un paso al frente.
—No, un momento. Esto no tiene sentido. ¿Qué clase de teatro es este?
La secretaria abrió el expediente, revisó un documento y respondió con una seriedad glacial:
—No es ningún teatro, señora. La señora Valeria de la Torre Villaseñor figura como heredera principal y actual presidenta interina del fideicomiso familiar vinculado al Grupo Villaseñor. Además, existe una solicitud paralela de auditoría patrimonial sobre empresas relacionadas con su esposo.
El color abandonó el rostro de Alejandro.
—¿Qué? ¿Qué auditoría?
Yo por fin hablé.
—La que debió hacerse hace mucho tiempo.
El silencio fue brutal.
Sentí sus ojos clavados en mí, pero no bajé la mirada.
Tres años antes, cuando conocí a Alejandro en una gala de beneficencia en Querétaro, él no sabía quién era yo. Y yo había preferido que siguiera sin saberlo.
Mi padre me había criado con una obsesión casi brutal por la discreción. “Nunca le digas a nadie tu nombre completo hasta que te haya mostrado su verdadera cara”, me repetía. “La gente no ama lo que eres. Ama lo que cree poder sacar de ti.”
Yo pensaba que exageraba.
Luego conocí a la familia Salazar.
Alejandro me cortejó con flores, paciencia y esa falsa humildad que tan bien ensayan los hombres que han nacido sintiéndose suficientes. Cuando le dije que no quería una boda ostentosa, me llamó sencilla. Cuando rechacé usar el apellido de su familia para abrirme puertas, me llamó orgullosa. Cuando decidí seguir trabajando con fundaciones anónimamente, su madre empezó a decir que yo no aportaba nada.
Nunca preguntaron de dónde venía mi educación.
Nunca preguntaron por qué hablaba con jueces, empresarios y notarios como si los conociera de toda la vida.
Nunca preguntaron por qué, incluso humillada, nunca pedí nada.
Porque no les interesaba saber quién era yo.
Les bastaba con inventarlo.
Las puertas del juzgado se abrieron y un hombre de traje oscuro entró acompañado por una mujer mayor de porte elegante, cabello blanco impecable y bastón de madera fina.
Rebeca dio un pequeño paso atrás.
Yo sentí un nudo subir hasta mi garganta.
—Abuela —susurré.
Ella me miró con una mezcla de dolor y ternura.
—Mi niña —dijo—. Perdóname por haber tardado tanto.
No la había visto en casi dos años.