—¿Qué? ¡No! ¡Eso es una locura!
Vanessa lloró más fuerte, dramática, como si el papel de víctima le quedara hecho a medida.
—¿No entiendes, Helena? No puedo casarme con un hombre que quizá nunca despierte. Tengo veinticuatro años… mi vida se acabaría.
Helena giró hacia sus padres con incredulidad.
—¿Y ustedes creen que yo sí debo hacerlo?
Don Arturo apretó la mandíbula.
—No se trata de lo que “creemos”. Se trata de sobrevivir. La familia Harrington es poderosa. Si rompen el trato, perdemos todo.
Doña Rebeca inclinó la cabeza, fría.
—No querrás ser la hija que destruyó a su familia, ¿verdad?
Helena sintió la garganta cerrarse. Esa frase la había perseguido desde niña, cada vez que su hermana necesitaba brillar más. Vanessa, con un sollozo, acomodó el brazalete de diamantes en la muñeca y murmuró con una sonrisita que dolía más que el llanto:
—La vida no es justa, corazón… pero por lo menos así serás útil por una vez.
Helena quería gritar, romper algo, huir. Pero conocía los números escondidos en carpetas: la empresa familiar se hundía. El “sí” de Helena era el salvavidas; su dignidad, el precio.
—Si lo hago… —dijo, con la voz quebrada— ¿qué pasa conmigo?
Doña Rebeca sonrió, satisfecha.
—Serás la señora Harrington. Vivirás cómoda el resto de tu vida.
—¿Y si él nunca despierta?
Don Arturo alzó una mano, despectivo.
—Entonces vives como viuda en unos años. Y nadie hará preguntas.
Helena apretó los puños hasta hacerse daño.
—Está bien… —susurró—. Lo haré.
Y en ese instante, algo dentro de ella se apagó… y otra cosa, más silenciosa y peligrosa, se encendió.
La boda fue un cuento de hadas para quienes solo miraban la decoración: rosas blancas cayendo en cascada, dorados en cada esquina, velas, música de cuerdas. Los invitados murmuraban con confusión, porque todos sabían la verdad: el novio estaba en coma.
Helena, con un vestido blanco elegante pero helado, temblaba en el altar. A su lado no había hombre; había una enfermera y un notario listos para firmar por Santiago como “representantes”. Era legal. Era grotesco.
—¿Acepta usted, Helena Álvarez, a Santiago Harrington como su legítimo esposo? —preguntó el oficiante.
Helena miró de reojo a Vanessa en la primera fila. Ni siquiera fingía tristeza. Ya estaba recargada en el brazo de un hombre guapo, riéndose bajito, como si lo que ocurría fuera un evento social más, no una sentencia ajena.
Helena tragó saliva.