La tristeza se infiltra y se instala en nuestra mente. Al estar demasiado familiarizados con el dolor, la tristeza se acepta como parte de la vida y se maneja con resignación. El dolor emocional tiende a persistir; lamentablemente, se integra a nuestra personalidad. En consecuencia, la felicidad y la alegría luchan por penetrar nuestra coraza de tristeza.
No me interesan las historias de amor.
Ya sea un amigo, una pareja en la televisión o desconocidos en la calle, nos da escalofrío ver a una pareja cariñosa. Ver a una pareja feliz duele como echar sal en la herida. Nuestra mejor defensa es apartar la mirada y evitar que nos invada la mente. Aquí no pasa nada.
Se levantan muros
Llega un punto en que juramos no volver a sufrir. Para asegurarnos de ello, nos encerramos tras muros impenetrables, gruesos e impenetrables. Como resultado, el acceso a nuestras emociones y sentimientos se restringe y estos se disipan. Si no podemos sentir, no podemos sufrir.
El círculo de confianza se reduce.
El temor a sufrir nos ha arrebatado la confianza. Esta incapacidad para confiar se extiende no solo a posibles parejas románticas, sino a los demás en general. Nos mantenemos a la defensiva y vigilamos atentamente el horizonte en busca de posibles peligros. Ocultamos pensamientos íntimos que antes compartíamos. Incluso aquellos cercanos a nosotros pueden quedar fuera de nuestro círculo de confianza.
Razones para los días
Tendemos a terminar las cosas rápidamente. Sabemos que cuanto más tiempo invertimos con alguien, mayor es el riesgo de salir lastimados. Por eso, buscamos activamente razones por las que esa persona no nos conviene. Quizás silba al conducir o su sabor de chicle no nos gusta. Sea cual sea el motivo, seguro encontraremos una razón.