La criada le traía café a una señora todos los días… y el empresario se sorprende al descubrir la verdad.

La criada le traía café a una señora todos los días… y el empresario se sorprende al descubrir la verdad.

La primera vez que Antonio Beltrán la vio, pensó que era un error.

Era temprano, todavía con el frío pegado a los huesos y la ciudad bostezando entre cláxones tímidos. Desde la ventanilla trasera de su camioneta, Antonio observó cómo Julieta Ramírez —uniforme negro impecable, cabello recogido, paso rápido— cruzaba la Alameda Central con un vaso de café humeante en la mano.

No iba rumbo a la torre de cristal donde trabajaba. No todavía.

Julieta se detuvo frente a una banca vieja, bajo un árbol que ya había tirado media temporada de hojas. En la banca estaba una mujer mayor, envuelta en un suéter manchado, con las uñas oscuras y las manos temblorosas como ramas delgadas. Olía a calle. A lluvia vieja. A noches sin techo.

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