Su familia la obligó a casarse con el prometido millonario de su hermana en coma. Sucedió algo increíble…
La lámpara de araña —un monstruo de cristal importado— derramaba un resplandor dorado sobre la sala de la casa familiar en Zapopan. Ese brillo parecía hermoso desde lejos, pero de cerca solo hacía más evidente la tensión: la boca apretada de doña Rebeca, los brazos cruzados de don Arturo, y el llanto perfecto de Vanessa, la hija que siempre había sido “la joya” de los Álvarez.
Helena Álvarez —la otra— estaba sentada rígida en el sofá de terciopelo, con los dedos enterrados en la tela de su vestido como si apretarla pudiera evitar que la realidad se le viniera encima. El reloj antiguo, en una esquina, marcaba cada segundo como un golpe en el pecho.
—No puedo… —sollozó Vanessa, sacudiendo la cabeza—. ¡No puedo hacer esto!
Helena frunció el ceño, aunque ya sentía un nudo oscuro en el estómago.
—¿Hacer qué? —preguntó, casi en un susurro.
Doña Rebeca exhaló con impaciencia, como si Helena fuera un trámite.
—Tu hermana no puede casarse con Santiago Harrington en su condición —dijo, cortante.
Helena se puso de pie de golpe.
—¿Santiago Harrington? ¿El… el empresario? ¿La boda sigue en pie?
Don Arturo soltó una carcajada amarga.
—Claro que sigue. ¿Tú crees que un acuerdo así se cancela por un “accidente”? ¿Sabes cuánto dinero está en juego?
Santiago Harrington, el millonario joven que había conquistado portadas y rumores, llevaba dos meses en coma tras un choque en la carretera. Las noticias lo habían pintado como una tragedia elegante: un hombre de poder suspendido entre la vida y la muerte. Para los Álvarez, sin embargo, era algo más simple: un contrato colgando de un hilo.
—Vanessa no tiene que pasar por eso —continuó doña Rebeca, clavando los ojos en Helena—. Porque tú lo harás.
La frase fue una bofetada.