Mi nombre es Emily Carter, y hay un momento único grabado en mi memoria tan profundamente que el tiempo nunca lo ha suavizado.
Fue el día en que mi cuñado llegó al funeral de mi hermana con otra mujer abrazada a su brazo.
La iglesia de nuestro pequeño pueblo texano olía a lirios blancos y cera para muebles. El aire se sentía pesado, cargado de dolor y oraciones susurradas. Al frente se encontraba el ataúd cerrado de mi hermana Lily, rodeado de flores pálidas elegidas por personas que nunca pudieron despedirse como es debido.
Lily tenía ocho meses de embarazo cuando murió.
Dijeron que se cayó por las escaleras.
Esa fue la historia de Jason. Un trágico accidente. Nada más.
Nunca lo creí.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron con un crujido, una oleada de tensión recorrió los bancos. Jason entró con un traje negro a medida, y su rostro, con una expresión que parecía triste si no lo conocías bien.
A su lado había una morena alta con un vestido negro ajustado.
Su mano se aferró a su brazo como si perteneciera allí.
Mi madre se quedó sin aliento. Sus uñas se clavaron en mi mano.
“¿Habla en serio?” susurró.
Sentí frío por todas partes.
—Es Rachel —murmuré. El nombre había aparecido en el teléfono de Lily meses antes, iluminando la pantalla a altas horas de la noche—. La compañera de trabajo.
Las cabezas se giraron. Los susurros se extendieron como una corriente por la habitación.
Jason lo ignoró todo. Acompañó a Rachel por el pasillo y se sentó en la primera fila. La fila de Lily.
Rachel se inclinó hacia él, apoyando la cabeza en su hombro, interpretando el papel de una compañera en duelo.
Me ardía el pecho de rabia. Empecé a levantarme, listo para sacarla del brazo, pero mi padre me detuvo.
—Aquí no —dijo en voz baja—. Hoy no.