—¿Qué quieres decir? —preguntó Malik con voz temblorosa.
—Ahora somos personas diferentes —dijo, poniéndose de pie. No necesitaba bastón. Se movía con fluidez y seguridad entre las hileras de lavanda y romero—. Construimos un mundo con los restos que nos diste. No nos diste nada, y resultó ser la tierra más fértil que podríamos haber deseado.
Yusha apareció en la puerta, con el cabello canoso en las sienes y la mirada firme. No parecía un mendigo, ni un médico caído en desgracia. Parecía un hombre que estaba en casa.
—Puede quedarse en el cobertizo —le dijo Zainab a Yusha, con voz desprovista de malicia, llena solo de una fría y clara compasión—. Dale de comer. Dale una manta. Trátalo con la amabilidad que él nunca nos brindó.
Se giró de nuevo hacia la casa, y su mano encontró la de Yusha con una precisión infalible.
Al entrar, dejando al anciano destrozado en el jardín, el sol comenzó a ponerse. Para cualquiera, era un cambio de luz rutinario. Pero para Zainab, era la sensación de una brisa fresca en su mejilla, el aroma de la onagra que se abría y el peso firme y constante de la mano que sostenía la suya.
Ella no podía ver la luz, pero por primera vez en su vida, no estaba en la oscuridad.
La casa de piedra a orillas del río se había convertido en un santuario, un lugar donde el aire olía a lavanda y el suave murmullo del arroyo de montaña proporcionaba un ritmo constante. Pero para Yusha, aquella paz era una frágil escultura de cristal. Sabía que secretos de tal magnitud —un médico muerto resucitado como curandero del pueblo— no permanecían enterrados para siempre.
El turno comenzó una noche en que el viento azotaba las contraventanas con una violencia inusual y frenética. Zainab estaba sentada junto a la chimenea, y sus oídos sensibles captaron un sonido que no pertenecía a la tormenta: el rítmico golpeteo de las ruedas con herraduras de hierro y la respiración pesada y fatigada de los caballos, llevados al límite de sus fuerzas.
—Alguien viene —dijo, su voz resonando entre el crepitar del fuego. Se puso de pie, y su mano buscó instintivamente la empuñadura del pequeño cuchillo de plata que guardaba para cortar hierbas, y también para las sombras que aún sentía acechando en los confines de sus vidas.
Un golpe atronador sacudió la pesada puerta de roble.
Yusha se dirigió a la entrada, con el rostro endurecido por la máscara del médico que alguna vez fue. La abrió y se encontró con un hombre empapado por la lluvia helada, vestido con la librea manchada de barro de un mensajero real. Detrás de él, un carruaje negro temblaba, con sus faroles parpadeando como estrellas moribundas.
—Busco al hombre que remienda lo que otros desechan —jadeó el mensajero, con la mirada fija en el interior de la cálida cabaña—. Dicen en la ciudad que aquí vive un fantasma. Un fantasma con manos de dios.
La sangre de Yusha se heló. «Buscas un mendigo. Soy un hombre sencillo».
—Un hombre sencillo no le practica una trepanación craneal al hijo de un leñador y le salva la vida —replicó el mensajero, dando un paso al frente—. Mi amo está en el carruaje. Se está muriendo. Si exhala su último aliento en la puerta de su casa, esta casa quedará reducida a cenizas antes del amanecer.
Zainab se acercó a Yusha, apoyando la mano en su brazo. Sintió la agitada vibración de su pulso. —¿Quién es el amo? —preguntó con voz firme y fría.
—El hijo del gobernador —susurró el mensajero—. El hermano de la muchacha que murió en el Gran Incendio.
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