Cuando los médicos le dijeron que a su esposa solo le quedaban tres días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, ocultando su satisfacción tras una fría sonrisa, susurró:
“Al fin, todo lo que posees será mío.”
Lo que no comprendía era que, en el corazón de la mujer que creía obediente, ya se estaba gestando un plan: preciso, calculado y despiadadamente sereno.
Cuando Lucía abrió los ojos, el mundo le pareció distante, casi irreal. Su cuerpo se sentía pesado por el dolor, como si estuviera oprimido por metal, mientras el pitido constante de las máquinas del hospital llenaba la habitación. Voces que llegaban del pasillo llegaban a la habitación: tranquilas, frías.
“Su estado es crítico… la insuficiencia hepática está progresando… como máximo, tres días…”
La segunda voz la reconoció al instante. La de su marido. Alejandro.
Una opresión le atenazaba el pecho.
No se movió. Apenas abrió los ojos mientras permanecía completamente inmóvil.
La puerta se abrió con un crujido.
Alejandro entró con un gran ramo de lirios blancos, flores que a ella siempre le habían disgustado. Su rostro lucía la misma sonrisa pulcra y atenta que admiraban sus colegas. Se sentó a su lado, le tomó la mano y rozó suavemente su muñeca con los dedos, como si le estuviera tomando el pulso.
Creyendo que los sedantes la habían dejado completamente inconsciente, se inclinó y susurró suavemente:
“El apartamento en Madrid, las cuentas en Ginebra, las acciones de control… pronto, todo será mío.”
No había tristeza en su tono. Ni calidez. Solo impaciencia y certeza.