Los ojos de Carmen oscilaban entre el miedo y la incredulidad, pero Lucía no aflojó el agarre.
—Por favor… —susurró Carmen con voz temblorosa—, podría perder mi trabajo… todo.
Lucía la miró fijamente a los ojos: tranquilos, penetrantes, imperturbables.
—Y si no me ayudas —dijo en voz baja—, lo pierdo todo… incluso mi vida. No por la enfermedad, sino por él.
Un largo silencio se extendió entre ellos.
Entonces, lentamente… Carmen asintió.
—
Esa noche, el plan comenzó.
Carmen ajustó el horario de la medicación; nada peligroso, nada sospechoso. Solo lo suficiente para que Lucía pareciera más débil durante las visitas de Alejandro… y un poco más alerta cuando él no estaba.
Al mismo tiempo, Lucía pidió un pequeño favor.
“Mi teléfono… debería estar en mi bolso.”
Carmen dudó un momento y luego lo sacó del cajón.
Los dedos de Lucía temblaron al abrirlo. Docenas de mensajes perdidos. Correos electrónicos. Notificaciones.
Pero ella los ignoró a todos, excepto a un contacto.