Cuando los médicos le dijeron que a su esposa solo le quedaban tres días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, ocultando su satisfacción tras una fría sonrisa, susurró: “Por fin…”

Los ojos de Carmen oscilaban entre el miedo y la incredulidad, pero Lucía no aflojó el agarre.

 

—Por favor… —susurró Carmen con voz temblorosa—, podría perder mi trabajo… todo.

 

Lucía la miró fijamente a los ojos: tranquilos, penetrantes, imperturbables.

 

—Y si no me ayudas —dijo en voz baja—, lo pierdo todo… incluso mi vida. No por la enfermedad, sino por él.

 

Un largo silencio se extendió entre ellos.

 

Entonces, lentamente… Carmen asintió.

 

 

 

Esa noche, el plan comenzó.

 

Carmen ajustó el horario de la medicación; nada peligroso, nada sospechoso. Solo lo suficiente para que Lucía pareciera más débil durante las visitas de Alejandro… y un poco más alerta cuando él no estaba.

 

Al mismo tiempo, Lucía pidió un pequeño favor.

 

“Mi teléfono… debería estar en mi bolso.”

 

Carmen dudó un momento y luego lo sacó del cajón.

 

Los dedos de Lucía temblaron al abrirlo. Docenas de mensajes perdidos. Correos electrónicos. Notificaciones.

 

Pero ella los ignoró a todos, excepto a un contacto.

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