Cuando los médicos le dijeron que a su esposa solo le quedaban tres días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, ocultando su satisfacción tras una fría sonrisa, susurró: “Por fin…”

 

Minutos después, todo se derrumbó.

 

Se llamó a seguridad.

 

Autoridades notificadas.

 

Cuentas bloqueadas.

 

Su nombre, borrado de todas partes.

 

 

 

Mientras lo escoltaban fuera, Alejandro se volvió, desesperado.

 

“¡No sobrevivirás sin mí!”, gritó.

 

Lucía sostuvo su mirada.

 

“Ya lo hice.”

 

 

 

Días después, la habitación se sentía diferente.

 

Más silencioso.

 

Encendedor.

 

Carmen estaba de pie junto a la ventana, sonriendo.

 

—Cumpliste tu promesa —dijo ella en voz baja.

 

Lucía asintió.

 

Una nueva vida. Una segunda oportunidad.

 

No se proporciona.

 

Tomado.

 

Y esta vez—

 

Ella tenía el control.

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