La primera vez que conocimos a los chicos, no dejaba de mirar a Joshua.
Se agachó hasta la altura de Matthew y le ofreció una pegatina de dinosaurio.
—¿Es este tu favorito? —preguntó.
Matthew apenas asintió, con la mirada fija en su hermano.
William susurró: “Habla por los dos”.
Entonces me miró, como si estuviera evaluando si estaba a salvo. Me arrodillé junto a ellos y dije: «Está bien. Hablo mucho por Joshua».
Mi marido se rió, una risa sincera, ligera y alegre. “No está bromeando, amigo”.
Matthew esbozó una leve sonrisa. William se inclinó hacia él.
El día que se mudaron, la casa se sentía luminosa e incierta. Joshua se arrodilló junto al coche y les prometió: «Tenemos pijamas iguales para ustedes».
Esa noche, los chicos convirtieron el baño en un pantano y, por primera vez en años, las risas llenaron cada rincón de la casa.
Durante tres semanas, vivimos dentro de algo que se sentía como magia prestada: cuentos para dormir, cenas de panqueques, torres de LEGO y dos niños pequeños que poco a poco aprendían a alcanzarnos.
Aproximadamente una semana después de su llegada, me senté al borde de sus camas en la oscuridad, escuchando su respiración pausada. Todavía me llamaban “Señorita Hanna”, pero comenzaban a ser más cercanos.
Aquel día terminó con William llorando por un juguete perdido y Matthew negándose a cenar.
Mientras les colocaba las mantas bajo la barbilla, Matthew abrió los ojos.
—¿Volverás mañana por la mañana? —susurró.
Sentí un nudo en el estómago. “Siempre, cariño. Estaré aquí cuando despiertes.”
William se acercó rodando hacia mí, aferrado a su oso de peluche, y por primera vez, extendió la mano para coger la mía.
Pero Joshua empezó a desviarse.
Al principio, fue sutil. Llegó a casa más tarde de lo habitual.
—Ha sido un día duro en el trabajo, Hanna —decía, evitando mi mirada.