Era una tarde cualquiera cuando Irina estaba sentada en su escritorio revisando un diseño de sitio web para un nuevo cliente. En la laptop, los elementos coloridos y las tipografías brillaban en la pantalla. Desde hacía cuatro años, ella trabajaba como diseñadora web a distancia, y eso le proporcionaba un ingreso decente. Recibía solicitudes con frecuencia y controlaba su propio horario, lo que le resultaba muy conveniente.
De pronto, la puerta del salón se abrió y Dmitry entró en el apartamento. Quitándose la chaqueta, la colgó en el armario y se dirigió a la cocina.
– ¡Ira, ¿estás en casa? – llamó.
– ¡Sí, aquí estoy! – respondió ella sin apartar la vista de la pantalla.
Dmitry apareció en la puerta de su habitación, apoyándose en el marco:
– Oye, necesito hablar contigo. Es importante.
Irina dejó de mirar la pantalla y miró a su esposo. Su expresión revelaba que la conversación no sería sencilla.
– ¿Qué sucede?
– Es sobre mi madre. – Dmitry se frotó la nariz. – Su casa en el pueblo se ha derrumbado. El techo gotea, la estufa humea, las paredes están mohosas. No va a sobrevivir al invierno allí.
Irina sintió un nudo en el estómago. Ya había atisbado lo que Dmitry iba a proponer.
– ¿Y qué sugieres?
– Bueno, necesitamos llevarla con nosotros. Al menos durante el invierno. – Dmitry evitaba mirarla a los ojos. – Nuestra casa tiene tres habitaciones, hay suficiente espacio.
Irina se recostó en su silla y cruzó los brazos. Solo había visto a Valentina Petrovna unas pocas veces en los tres años de su matrimonio, y cada encuentro había dejado un sabor amargo. Su suegra era una mujer autoritaria y tajante que siempre creía tener la razón.
– Dima, ¿entiendes que esto complicará nuestra vida?