Creí que ya había vivido el peor momento de mi vida.
Eso fue antes de que mi sobrina de ocho años se levantara en medio de un tribunal de Tennessee y le pidiera al juez permiso para reproducir un video que había grabado en secreto dentro de mi casa.
Esa mañana, dentro del juzgado del centro de la ciudad, estaba segura de que nada podía doler más que ver morir oficialmente mi matrimonio.
Me temblaban tanto las manos alrededor del vaso de papel con agua que tuve que presionarlo contra mi regazo para evitar que se derramara. La sala olía ligeramente a madera vieja y desinfectante, y cada sonido —el movimiento de papeles, el roce de una silla— se sentía amplificado, como si me hubieran destrozado los nervios.