“¡Eres una vaca repugnante! ¡Por poco arruinas mi cuero Nappa! ¡Bájate ya! ¡Tu mala suerte va a infectar mi Mercedes!”

Vaca asquerosa! ¡Casi me arruinas el cuero Nappa! ¡Lárgate antes de que tu mala suerte infecte mi coche!”
La voz de Julián rebotó en el callejón oscuro como un golpe. Yo, Lucía, con ocho meses de embarazo, apenas tuve tiempo de reaccionar. El Mercedes frenó de golpe, mi vientre se tensó por el impacto del cinturón y, antes de que pudiera agarrarme a algo, él abrió la puerta y me empujó hacia afuera.

Caí sobre el pavimento helado. El aire olía a humedad y basura vieja. Mis manos temblaban, no sabía si era por el frío o por el pánico. Julián ni siquiera miró atrás. Aceleró como si estuviera huyendo de una plaga, gritando algo sobre que yo le traía desgracia, que su vida se estaba hundiendo desde que yo quedé embarazada, que “esa criatura” lo estaba frenando en los negocios.

Me quedé allí, con el corazón golpeándome las costillas, sintiendo cómo el bebé se movía dentro de mí como si también tuviera miedo. Intenté levantarme, pero el dolor en la cadera me hizo gemir. Una contracción me apretó desde la espalda hasta el vientre, y por un segundo pensé: No… no aquí.

A lo lejos se escuchaba música de un bar, risas, pasos. El callejón estaba mal iluminado, pero vi que la salida estaba a unos metros. Me arrastré como pude, apoyando una mano en la pared, manchándome la ropa. Cada movimiento era una lucha.

Cuando llegué a la esquina, una mujer mayor que fumaba junto a la entrada de un local me vio y abrió los ojos. “¡Madre mía! ¿Estás bien?” llamó. Yo no podía ni hablar. Solo señalé mi barriga y el camino por donde se había ido el coche.

Ella me sostuvo del brazo y gritó hacia adentro: “¡Llamad a una ambulancia!”
Yo respiraba con dificultad. La contracción volvió más fuerte, y entonces sentí algo que me heló la sangre: un calor húmedo bajando por mis piernas.

“Estoy… rompiendo aguas…” susurré, aterrada.

La mujer me miró con firmeza, como si en ese instante decidiera salvarme la vida. “No te preocupes, cariño. No estás sola.”
Y en ese mismo momento, mi teléfono vibró en el bolsillo, mostrando en la pantalla un nombre que no quería ver: Julián.

Contesté con la voz rota, y él soltó una frase que me dejó paralizada.

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