Exactamente dos días después de que se finalizaran los papeles del divorcio, suspendí de inmediato la manutención mensual de diez millones de pesos que le había estado dando a mi exsuegra.
La tarjeta bancaria, la libreta, incluso el PIN…
Se lo había entregado personalmente hacía tiempo.
Pero no había ni una sola cláusula en el acuerdo de divorcio que me obligara a seguir apoyándola. Una sola llamada al banco bastó para cancelar las transferencias. Limpio. Rápido. Sin complicaciones.
Mi exmarido, Mauricio, estaba demasiado ocupado en ese momento atendiendo a Pamela en una lujosa clínica de maternidad en la Ciudad de México. Como su amante estaba embarazada, la seguía a todas partes, temiendo que lo abandonara.
¿Familia? ¿Su propia madre? ¿Responsabilidad?
Esas palabras habían desaparecido hacía mucho tiempo de la moral de ese hombre.
Esa tarde, mi Messenger se llenó de mensajes: notas de voz una tras otra, como una tormenta, cada queja más absurda que la anterior:
“Rebeca, ¿qué te pasa?”
¿Dónde está el dinero de mi madre?
¿De verdad vas a dejar que pase hambre?
Miré la pantalla y no pude evitar reír.
Sobre la mesa, la carpeta roja con los papeles del divorcio era respuesta suficiente, más clara que cualquier explicación que yo pudiera dar.
¿Desagradecida?
Ya no existía ninguna conexión entre esa familia y yo.
Descarté las notificaciones, no respondí y dejé el teléfono a un lado. Sentí un alivio en el pecho, una calma que no había experimentado en años.
Esa noche, me llamó.
El teléfono sonó durante casi un minuto antes de que finalmente contestara. Eran las 10:41 p. m. y su voz estaba tensa, con una ira apenas contenida.
¿Te has vuelto loca? Esa ayuda era humanitaria. Si no le das dinero a mi madre, ¿cómo esperas que viva?
Mi respuesta fue simple:
¿No se supone que debes mantenerla?