—¿Y… cómo es don Alejandro?
Rosita bajó la mirada tan rápido que Valeria entendió más por el gesto que por la respuesta.
—Es… buen patrón. Paga a tiempo. No nos falta comida. —Pero su voz tembló, como si decirlo fuera un pecado.
Esa madrugada, cuando el reloj marcó la medianoche, Valeria escuchó pasos en el pasillo. Su corazón comenzó a golpearle las costillas. Los pasos se detuvieron frente a su puerta. Hubo un silencio largo, denso, como si alguien respirara del otro lado. Valeria se quedó inmóvil, apretando la sábana. Pero los pasos siguieron, alejándose.
Al día siguiente todo se repitió: ausencia, sombras, puertas cerradas. Alejandro comía en su estudio; Valeria, sola, en un comedor que parecía un museo. Ella exploró: una biblioteca enorme, un salón principal cubierto con sábanas blancas, habitaciones que olían a tiempo detenido. Y siempre las cortinas. Siempre la penumbra.
Una semana después, Valeria ya no aguantó más el silencio. Esa noche se puso una bata y salió descalza. La casa estaba iluminada por velas que dejaban sombras largas. Caminó hacia el ala este, guiada por una intuición que le latía en la garganta. Al final del pasillo vio una puerta grande, y por debajo de la madera se filtraba una línea de luz.
Entonces lo escuchó.
Un llanto. No de bebé. Un llanto frágil, seguido de una tos que parecía arrancarle el aire a alguien. Valeria pegó el oído, helada. Y después escuchó la voz de Alejandro… pero no era la voz del lobo. Era otra: rota, suave, desesperada.
—Tranquila, mi vida… ya pasará. Te lo prometo…
Valeria dio un paso atrás, confundida, justo cuando la puerta se abrió de golpe. Alejandro apareció con las mangas arremangadas, el cabello despeinado, los ojos encendidos de furia… y de miedo.
—¿Qué hace aquí? —escupió.
Valeria tragó saliva.
—Escuché… —dijo, señalando la puerta sin saber cómo—. Hay una niña. Está enferma.
Por un segundo Alejandro pareció a punto de negarlo, pero la máscara se resquebrajó. Lo que apareció debajo no era crueldad; era dolor crudo.
—Es mi hija —admitió al fin, casi sin voz—. Se llama Ximena.
Valeria sintió que el mundo se inclinaba. ¿El hombre más temido del Bajío tiene una hija escondida?
Alejandro apretó los dientes.
—Nadie puede saberlo. Nadie.
—¿Por qué? —preguntó Valeria, y en su pregunta no hubo reproche, sino genuina incredulidad.
Él la miró largo. Luego, como quien abre una herida para que deje de pudrirse, se hizo a un lado.
—Entre. Pero si cruza esa puerta… ya no hay vuelta atrás.
El cuarto era distinto al resto de la casa: lleno de luz de velas, con fuego en la chimenea, con frascos de remedios, paños, un olor a eucalipto y miel. En el centro, una cama pequeña. Ximena tenía unos ocho años, delgada como una rama, piel pálida, cabello oscuro pegado a la frente por el sudor. Respiraba con dificultad, cada inhalación como una batalla.
La niña abrió los ojos, enormes, oscuros, inteligentes incluso en la fiebre.
—¿Quién es? —preguntó con voz ronca.
Valeria se arrodilló junto a la cama.
—Me llamo Valeria.
Alejandro, detrás, dijo en un hilo de voz, como si la palabra le pesara:
—Es mi esposa.
Ximena miró a Valeria con una ansiedad que no correspondía a una niña.
—¿Te vas a quedar?
Valeria sintió que se le partía algo por dentro. Sin pensarlo, respondió:
—Sí. Me voy a quedar.
La niña cerró los ojos, como si esas cuatro palabras fueran medicina.
Cuando Ximena se durmió, Valeria se giró.
—¿Qué tiene?
Alejandro se dejó caer en una silla, exhausto.