Forzada a casarse con el hacendado más cruel — pero la verdad de esa noche lo cambió todo
El sol de la tarde se colaba por la ventana de la casa de los Castillo, pero en el comedor no había luz que alcanzara a calentar el silencio. Valeria sostenía la carta entre los dedos como si fuera una brasa. La tinta, elegante y fría, decía lo mismo cada vez que releía: “Don Alejandro de la Vega acepta la propuesta de matrimonio con su hija Valeria como pago final de la deuda contraída.” Aquellas palabras no hablaban de amor ni de futuro; hablaban de cuentas, de intereses, de una familia acorralada.
Su padre, don Rogelio Castillo, permanecía de espaldas mirando la calle polvorienta de San Miguel, con los hombros hundidos, como si le colgara del cuello todo el peso del mundo. No se atrevía a mirarla.
—Padre… —la voz de Valeria salió pequeña—. ¿De verdad no hay otra forma?
Don Rogelio tardó en girarse. Cuando lo hizo, Valeria vio a un hombre que no reconocía del todo: el comerciante orgulloso que le enseñó a sumar en el mostrador de telas se había vuelto un anciano sin años, con ojeras profundas y la derrota escrita en la piel.
—Hija mía… —intentó, y se le quebró la voz—. Si hubiera otro camino, lo tomaría con las manos ensangrentadas. Pero ya no hay. El barco… la cosecha… los préstamos… todo se nos vino encima.
Su madre, doña Carmen, entró secándose las manos en el delantal. Quiso poner una sonrisa en su cara, pero solo le salió resignación.
—Don Alejandro es un hombre de posición —murmuró—. Tendrás techo, comida… lo que aquí ya no podemos asegurarte.
Valeria sintió que la garganta se le cerraba. Posición. En el pueblo, esa palabra sonaba igual que lobo. Porque así llamaban a don Alejandro de la Vega: el Lobo de la Vega, el hacendado más temido del Bajío. Se decía que despedía peones en plena tormenta, que sus órdenes caían como machetazos, que nadie lo había visto reír en años. Y, sin embargo, también se decía otra cosa, bajito, como quien teme que lo escuchen: que su casa era tan oscura que parecía de luto permanente.
Esa noche Valeria no durmió. Desde su cama escuchó la respiración tranquila de Sofía, su hermana menor, ajena a la tragedia que se cocinaba. Valeria había decidido no decirle nada hasta el último momento. No quería robarle la paz a una muchacha que aún soñaba con bailes y listones. Pero el techo de su cuarto se le hizo infinito, y cada crujido de la madera sonaba como un aviso.
Los días que siguieron fueron una bruma. Las vecinas llegaron con rosarios de frases que dolían más que la verdad.
—Mi prima trabajó allá —soltó doña Marta, con ojos de curiosidad enferma—. Dice que esa hacienda es una prisión de cantera. Que el patrón ni habla: manda por el mayordomo, y a la casa no le entra el sol.
Valeria escuchaba sin discutir. ¿Para qué? La boda estaba fijada, breve, sin fiesta. En dos semanas sería “señora de la Vega”, como quien recibe un apellido en lugar de una sentencia.
La mañana del enlace amaneció pálida. Su madre y Sofía la vistieron con un traje heredado de la abuela: encaje amarillento, botones minúsculos que temblaban con los dedos de la muchacha.
—No quiero que te vayas —sollozó Sofía, apretando el último broche.