Le cedí mi asiento a una anciana en el minibús, y ella me susurró: «Si tu marido te regala un collar, mételo en agua». Esa misma noche descubrí que el regalo no era amor, sino una maldición.

Guardé el objeto metálico en el bolsillo de mi bata, vacié el vaso y dejé el collar sobre el mostrador como si nada hubiera pasado.

Mauricio entró frotándose los ojos.

“¿Ya te lo probaste?”

Sin saludo. Solo el collar.

“Aún no.”

“Póntelo hoy”, dijo. “Quiero que te lo dejes puesto esta noche”.

Sus ojos lo recorrieron todo: el lavabo, mis manos, la encimera.

Demasiado cuidadoso. Demasiado tenso.

En el trabajo, no podía concentrarme.

A la hora del almuerzo, fui a una joyería antigua.

El dueño examinó el collar brevemente.

“Esto no es oro”, dijo. “Y hay algo dentro”.

La raspó para abrirla, dejando al descubierto corrosión y residuos.

“Si esto entra en contacto con la piel, podría provocar una reacción grave”, advirtió.

Sentí una opresión en el pecho.

Llamé a mi mejor amiga, Ximena, y le conté todo.

Ella no dudó.

“Daniela… está intentando hacerte daño.”

Su prima trabajaba en la fiscalía. Me puse en contacto con ella inmediatamente.

Me dijo que necesitaban pruebas.

Esa noche, revisé nuestros documentos.

Encontré la póliza de seguro actualizada.

Mauricio fue el único beneficiario.

También se detectaron gastos sospechosos: restaurantes, estancias en moteles, compras de productos químicos.

A las 7 de la tarde, envió un mensaje de texto:

“Vamos a cenar en casa. Ponte el collar. Quiero que te veas hermosa.”

El plan estaba trazado.

Yo seguiría el juego.

La policía colocó dispositivos de grabación en el apartamento.

El collar fue sustituido por una réplica segura.

Cuando entré al comedor, todo parecía perfecto: velas, vino, mantel blanco.

Como un aniversario.

Como una mentira.

Sus ojos se fijaron directamente en mi cuello.

—Estás preciosa —dijo.

No había amor en su voz.

Solo alivio.

La cena se prolongó demasiado.

Luego entró en la cocina, dejando el teléfono allí.

Vibraba.

Apareció un nombre: Karen.

Desde la cocina, oí su voz:

—Lo lleva puesto.
—No te preocupes.
—Dormirá con él. Mañana parecerá una reacción alérgica.
—El seguro está listo.

Sentí un escalofrío por todo el cuerpo.

Esto ya no era una sospecha.

Era la verdad.

PARTE 3

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