“Con una dosis más, ese niño no sobrevivirá otro mes.”
Esas palabras me dejaron paralizado frente a la puerta del dormitorio de mi hijo, como si mis pies estuvieran cementados al suelo.
Solo había vuelto a casa para coger una libreta que había olvidado antes de ir a mi turno en la farmacia. Mi hijo de ocho años, Mateo, estaba de nuevo en el hospital, otra vez. Fiebre, vómitos, dolor de estómago, debilidad. La misma pesadilla se repetía. Mi marido, Daniel, estaba con él, así que estaba segura de que la casa estaría vacía.
No lo fue.
Desde el pasillo, oí la voz de mi madre Teresa. Luego la de mi hermana menor Paola.
Durante casi un año, fueron mi apoyo incondicional. Me traían sopas, infusiones, vitaminas y fruta fresca. Me consolaban cuando lloraba. Me aseguraban que todo estaría bien. Confiaba en ellos. Los dejé entrar en mi casa. Los dejé entrar en la habitación de mi hijo.
Entonces Paola dejó escapar una risa suave e incómoda.
“Mientras nadie sospeche, todo saldrá según lo previsto.”
El corazón me latía con fuerza en el pecho. Casi grité. Me pegué a la pared, con las manos temblorosas, y saqué el móvil. Ni siquiera lo pensé: simplemente pulsé grabar.
Mi madre volvió a hablar, tranquila e indiferente, como si estuviera hablando del tiempo.
“Ahora está más débil. Los médicos aún no entienden qué le pasa. Cuando finalmente muera, Daniel sabrá lo que significa perderlo todo.”
Por un instante, mi mente se negó a procesarlo.
No estaban hablando de algo vago.
Estaban hablando de Mateo.
Sentí un nudo en el estómago. No podía respirar. Y entonces llegó lo peor.
—Solo queda añadirle la mezcla habitual a la sopa —murmuró mi madre—. Después, lo dejamos en manos de Dios.
Me tapé la boca para no hacer ruido. Todo mi cuerpo temblaba incontrolablemente. Mi propia madre. Mi propia hermana. Mi propio hijo.
Durante once meses, Mateo estuvo entrando y saliendo del hospital. Algunos días estaba bien: construía coches de juguete, discutía sobre los deberes, se reía con los dibujos animados. De repente, volvía a empeorar: fiebre alta, dolor, vómitos, agotamiento. Los médicos lo llamaban “una afección de origen desconocido”. Le hicieron todas las pruebas imaginables: análisis de sangre, tomografías, pruebas de alergia, estudios digestivos. Nada lo explicaba.
Y yo me estaba desmoronando.