Mi hija de 13 años trajo a casa a una compañera de clase hambrienta para cenar; lo que se le cayó de la mochila me heló la sangre.

—Mamá, ¿qué hay de cenar? —preguntó Sam.

—Arroz —dije—. Y todo lo que pueda estirar.

Esta vez, puse cuatro platos sin pensarlo.

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