Perdí a mi bebé antes de crecer y pensé que lo había perdido todo, hasta que regresó.

Tenía diecisiete años cuando el chico que amaba desapareció de mi vida.

No hubo una pelea dramática. Ni portazos. Ni promesas lanzadas como cuchillos.

Sólo un largo silencio, una mirada asustada y cinco palabras que aún recuerdo con claridad:

“No puedo hacer esto.”

Y luego se fue.

Se fue de mi futuro. Se fue de la imagen que había pintado en silencio en mi mente: graduación, un apartamento, una cuna en la esquina de una pequeña habitación. Les dije a todos que estaría bien. Dije que no lo necesitaba.

Pero por la noche, cuando la casa estaba en silencio y mi mano descansaba sobre mi estómago, me sentía como un niño fingiendo ser valiente mientras cargaba algo mucho más grande de lo que entendía.

Estuve aterrorizada todo el tiempo.

Aterrorizada de dar a luz. Aterrorizada de fracasar. Aterrorizada de amar algo tan frágil.

Mi hijo llegó demasiado pronto. Las contracciones se difuminaron en una luz blanca y voces agudas. Recuerdo aferrarme a la barandilla del hospital y llamar a mi mamá. Recuerdo el techo sobre mí, estéril e implacable.

Recuerdo escuchar palabras que no entendí del todo.

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