—¿Devolver un sobre? —miró con asco el objeto sucio en las manos del niño—. Seguro lo sacaste de la basura para inventarte una excusa y robar algo de la recepción. Ya me sé todos los trucos, chico. Date la vuelta antes de que llame a la policía.
—¡No lo robé! —insistió Leo, dando un paso atrás pero sin bajar la mirada. Había dignidad en sus ojos oscuros, una firmeza antigua que no correspondía a su edad—. Lo encontré en el contenedor azul de la parte trasera. Tiene el nombre de esta empresa. Dice “Confidencial”. Mi mamá… mi mamá me enseñó que lo que no es mío, se devuelve.
El guardia dio un paso amenazante, sacando su porra solo para intimidar.
—No me importa lo que te haya enseñado tu madre. Lárgate. Ahora.
Desde el mostrador de recepción, Clara levantó la vista. Llevaba quince años trabajando en la entrada de Rothwell Holdings. Había visto de todo: ejecutivos llorando tras ser despedidos, amantes despechadas gritando, y la arrogancia diaria de los poderosos. Pero había algo en la postura de ese niño que la detuvo. No era la postura de un mendigo pidiendo limosna; era la postura de un soldado cumpliendo una misión.
—Espera, Ramírez —dijo Clara, alzando la voz lo suficiente para cortar la tensión. Salió de detrás del mostrador y se acercó. Sus tacones sonaron suaves, menos agresivos.
Se agachó un poco para quedar a la altura de Leo. A esa distancia, pudo ver la suciedad acumulada en su cuello, pero también vio unas pestañas largas y unos ojos llenos de pánico contenido.
—Hola —dijo ella con suavidad—. Soy Clara. ¿Dices que encontraste eso en la basura?
Leo asintió, desconfiado. Extendió el sobre lentamente hacia ella.
—Estaba hasta el fondo. Casi no se veía. Pero el papel es grueso. Parece importante.
Clara tomó el sobre. Sintió el peso. No eran simples hojas. Al girarlo, vio el sello de lacre rojo, roto pero reconocible, y un código escrito a mano en la esquina inferior derecha: HV-Proyecto Omega.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Clara sabía lo suficiente de la empresa para saber que nada con las iniciales “HV” debía estar fuera de la caja fuerte del último piso, y mucho menos en un contenedor de basura en un callejón. Héctor Valmont, el dueño del imperio, era famoso por su paranoia con la seguridad.
—Hiciste bien en traerlo —susurró Clara, mirando al niño con una mezcla de admiración y lástima—. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que pida que te traigan algo?
Antes de que Leo pudiera responder, el sonido de las puertas del ascensor privado resonó en el vestíbulo. Un silencio reverencial cayó sobre la sala.
Héctor Valmont acababa de entrar.
Caminaba rodeado de su séquito habitual: dos abogados, su asistente personal y el vicepresidente financiero. Valmont, un hombre de cincuenta años con el cabello gris impecablemente peinado y un traje que costaba más de lo que Leo podría ganar en diez vidas, reía ruidosamente de algo que uno de los abogados acababa de susurrar.
La risa de Valmont era la de un hombre que cree que el mundo es su patio de recreo. No miraba a nadie. No saludaba. Simplemente avanzaba, esperando que el mar de gente se abriera ante él como Moisés.
El guardia de seguridad se enderezó, poniéndose casi firme, y empujó a Leo bruscamente hacia un lado para que no “estorbara” la vista del jefe.
—Quítate de en medio, rata —siseó el guardia.
El empujón hizo que Leo tropezara. Clara intentó sostenerlo, pero el movimiento brusco llamó la atención de Héctor Valmont. El magnate detuvo su marcha triunfal y giró la cabeza, molesto por la interrupción en su perfecta coreografía matutina.
Sus ojos fríos escanearon la escena: su recepcionista fuera de lugar, un guardia nervioso y un niño sucio en medio de su inmaculado vestíbulo.
—¿Qué es esto? —preguntó Valmont. Su voz no era un grito, era algo peor: era un susurro cargado de desprecio—. ¿Desde cuándo convertimos el vestíbulo en una guardería para vagabundos? Sáquenlo de aquí. Me estropea la imagen corporativa.
El guardia se apresuró a agarrar a Leo del brazo.
—¡Sí, señor Valmont! Inmediatamente, señor.
Leo sintió los dedos del guardia clavándose en su brazo flaco. El dolor fue agudo, pero no lloró. En su lugar, miró directamente a los ojos del hombre más rico de la ciudad y gritó, con una voz que rompió el protocolo del silencio:
—¡Se le cayó esto! ¡Solo quería devolverle lo que tiró!
Leo se soltó del agarre con un tirón desesperado y, antes de que nadie pudiera detenerlo, corrió hacia Clara, le arrebató el sobre de las manos y lo lanzó a los pies de Héctor Valmont.
El sobre cayó con un golpe seco. Se deslizó por el mármol y se detuvo justo contra la punta del zapato italiano de cuero negro del millonario.
Valmont miró hacia abajo con fastidio, dispuesto a patear la “basura” lejos. Pero entonces, vio el código. HV-Proyecto Omega.
El color desapareció de su rostro en un segundo.