Aquella boda jamás debió ocurrir.
O al menos eso pensé desde el instante en que la puerta de la suite nupcial se cerró detrás de nosotros y el silencio ocupó cada rincón de la habitación.
Durante semanas había creído que tenía el control de todo.
Yo, Adrián Velasco, hijo único de una de las familias más influyentes de la ciudad, había tomado la decisión más impulsiva de mi vida solo para demostrarle algo a mis padres.
Ellos siempre quisieron moldearme.
Elegían mis amistades, mis estudios, mi futuro… incluso la mujer con la que debía casarme.
Mi madre organizaba cenas elegantes llenas de hijas de empresarios y políticos, esperando que alguna de ellas me pareciera “adecuada”. Mi padre hablaba del matrimonio como si fuera un contrato comercial.
—El amor es irrelevante —solía decir—. Lo importante es la alianza.
Yo sonreía por fuera, pero por dentro me consumía el odio.
Quería ser libre.
Quería tomar una decisión que les doliera.
Algo que destruyera la imagen perfecta que tenían de mí.
Y entonces apareció ella.
Continúa en la página siguiente.