Retrocedí lentamente.
—¿Qué quieres?
Ella se acercó despacio.
—Quiero que entiendas algo, Adrián… tú creías que esto era un juego. Pero yo llevo esperando este momento durante veinte años.
La lluvia seguía cayendo afuera.
Mi mente gritaba que huyera, pero mi cuerpo no reaccionaba.
—¿Piensas hacerme daño?
Clara sonrió con tristeza.
—Eso depende de ti.
El reloj de pared marcó la medianoche.
Y entonces ocurrió algo aún peor.
Sonó mi teléfono.
Miré la pantalla.
Era mi padre.
Contesté temblando.
Pero no escuché su voz.
Solo respiración agitada… y luego unas palabras llenas de terror:
—Adrián… sácala de la casa… ahora mismo…
La llamada se cortó.
Miré a Clara.
Ella ya sabía lo que acababa de escuchar.
Porque estaba sonriendo.
Y fue en ese instante cuando comprendí la verdad más aterradora de todas:
Yo nunca había elegido a Clara.
Ella me había elegido a mí.