No era amor.
No era nerviosismo.
Era… calma absoluta.
Una calma aterradora.
—¿Qué ocurre? —pregunté intentando reír.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Has cometido el peor error de tu vida, Adrián.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿De qué hablas?
Clara caminó lentamente hacia la ventana mientras la lluvia golpeaba el cristal.
—Querías vengarte de tus padres. Querías demostrarles que eras libre… pero jamás pensaste en investigar quién soy realmente.
Mi garganta se secó.
—Clara…
—Ese no es mi verdadero nombre.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
Ella se giró lentamente.
—Entrar en tu familia era mucho más difícil hace años. Pero tú… tú me abriste la puerta voluntariamente.
Me quedé inmóvil.
—No entiendo nada.
Entonces sonrió.
Pero aquella sonrisa no tenía nada de humano.
—Tu padre destruyó muchas vidas para construir su imperio.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—Eso no tiene sentido…
—Mi familia trabajaba para él.
El silencio se volvió insoportable.
—Hubo un incendio hace veinte años —continuó—. Todos dijeron que fue un accidente.
Mi mente empezó a recordar fragmentos borrosos. Conversaciones escuchadas en mi infancia. Noticias antiguas. Secretos que nadie mencionaba.
—Murieron siete personas aquella noche —susurró ella—. Entre ellas… mis padres.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—No…
—Sí.
Sus ojos brillaban con una intensidad perturbadora.
—Y ahora finalmente estoy dentro de la casa de los Velasco.
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