Las primeras semanas fueron como una luna de miel. Nos estábamos adaptando a una rutina, compartiendo responsabilidades, y me sentía necesaria. Pero junto con la costumbre, apareció la verdadera cara de mi pareja. Al principio, eran pequeñas molestias: descontento con la música, suspiros por pan comprado al azar, comentarios mordaces sobre una taza extraviada. Lo toleré, atribuyéndolo todo a las peculiaridades de la edad.
Entonces comenzó el terror. Interrogatorios interminables, exigencias de informes sobre cada paso, sospechas por nimiedades. Me convertí en una sombra autodestructiva. Le encontraba fallos a todo: desde el sabor de la cena hasta mis modales. Una vez, cuando puse música, irrumpió en la habitación ordenándome furioso que la apagara, porque la gente normal no escucha ese tipo de música. Obedecí, sintiendo cómo la persona que llevaba dentro se consumía lentamente.
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