El amargo precio de una salvación ilusoria

El clímax llegó de repente, por algo trivial: un enchufe roto. Una simple petición de llamar a un técnico lo enfureció. Arrojó herramientas, me gritó a mí, a la pared, al mundo entero, y en ese instante, por fin lo comprendí. Lo miré y no vi a un hombre, sino una fuerza destructiva que me destrozaba poco a poco. Me di cuenta: a partir de ahora, solo habría oscuridad.

Me fui cuando él no estaba en casa. No hubo enfrentamientos ruidosos ni lágrimas.

Leave a Comment