“¿Abuelo?”
Sin respuesta.
Entonces lo escuché. Un murmullo bajo de voces. Quizás una televisión. Provenía de abajo.
Del sótano.
Camino suavemente sobre el parquet y empujé delicadamente la puerta del sótano. Una ráfaga de aire frío y húmedo salió.
Y allí estaba él.
El abuelo Arturo, sentado en una estrecha cama de metal colocada entre el calentador de agua y montones de cajas polvorientas etiquetadas “NAVIDAD” y “TOALLAS VIEJAS”. Una pequeña tele portatil sobre un caja de plástico. Una sola manta. Nada más.
