Forzada a casarse con el hacendado más cruel — pero la verdad de esa noche lo cambió todo

Valeria le tomó las manos.

—Voy a estar bien —mintió con una sonrisa que le dolió en la boca—. Tú cuida de ellos. No dejes que el miedo se nos coma.

El carruaje viejo avanzó por los caminos del Bajío entre campos dorados. La hacienda apareció en lo alto de una loma como una fortaleza: cantera gris, portón de hierro, ventanas estrechas y contraventanas cerradas. No había flores, solo arbustos recortados con precisión y árboles que proyectaban sombras largas, como dedos de una mano gigante.

Un mayordomo delgado los recibió sin saludo. Su voz era neutral.

—Soy Anselmo. Síganme, por favor.

La capilla era pequeña y hermosa, con retablos dorados que parecían brillar por pura terquedad. Había apenas una docena de personas. Y al fondo, junto al altar, estaba él.

Don Alejandro de la Vega era alto, de hombros anchos, vestido de negro como si hubiera decidido que el mundo no merecía colores. Tenía rasgos firmes, una mandíbula de piedra y unos ojos tan oscuros que a Valeria le parecieron un pozo. No era feo. Lo aterrador no era su rostro, sino la falta absoluta de emoción: una máscara.

Valeria caminó hacia él como quien camina a un precipicio. Don Rogelio le dejó el brazo en el altar, sin fuerza para decir nada. El sacerdote recitó las palabras de siempre con voz apresurada, como si quisiera terminar pronto. Alejandro respondió un “acepto” frío. Valeria apenas susurró el suyo. No hubo beso. No hubo felicitaciones. Cuando los declararon marido y mujer, Alejandro se giró y salió como si la ceremonia fuera un trámite más.

Valeria se despidió de su familia con abrazos cortos. Su madre le dijo al oído: “Sé valiente”. Sofía la apretó tan fuerte que Valeria sintió que se le quedaba el alma en ese abrazo. Luego el carruaje se alejó, y la hacienda se la tragó.

Anselmo la condujo por pasillos interminables. Retratos oscuros, tapices antiguos, muebles impecables cubiertos como si nadie tuviera derecho a tocarlos. Todo olía a limpieza… y a ausencia.

—Estas son sus habitaciones, señora —dijo, abriendo una puerta tallada.

La habitación era grande, con cama de dosel y cortinas gruesas que apenas dejaban pasar la luz.

—¿Dónde está mi esposo? —preguntó Valeria, sintiendo extraña esa palabra.

Anselmo evitó sus ojos.

—Don Alejandro ocupa el ala este. Rara vez usa estas habitaciones.

El alivio se mezcló con un miedo distinto, más difícil de nombrar. Valeria cenó sin hambre, atendida por una sirvienta joven de rostro dulce y ojos asustados.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Valeria, intentando no sonar como una patrona.

—Rosita, señora.

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